martes, 23 de noviembre de 2010

Vacía

Con sus ojos aguarapados y cristalizados, a punto de dejar salir cada diamante. Aquellos ojos que alguna vez reflejaban felicidad, hoy estaban bordeados por una sombra que no los dejaba brillar. Su cabello negro azabache roseado con la nieve que queda cuando el tiempo no pasa en vano y en su rostro las marcas de los latigazos que te da la vida. Caminó hacía mi, vestida de luto, me abrazo y dijo a mi oído: “las calles están desiertas, sin sol, sin lluvia, sin pasión; sin él todo me falta”. 

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