miércoles, 29 de diciembre de 2010

Instinto carnal

Me equivoque contigo, creí en tus mentiras, malditas palabras. ¿Qué tu eres un hombre de Dios? ¡Maldito! ¡Qué hombre de Dios nada! Cuando vuelva a tener la oportunidad jamás creeré en un sacerdote, jamás confesaré mis pecados ante alguien que puede tener encima hasta un muerto.
            Si lo sé, yo empecé; con los juegos de miradas, con los roces de manos; pero tú continuaste, tú viniste a mi llamado, sediento de carne, de sexo, de lujuria, de pecado. Con la puesta del sol me hiciste tuya, me penetraste, llegamos al éxtasis, la excitación lleno nuestro cuerpo hasta que dejaste dentro de mi, tu néctar de la vida.
            Dos semanas pasaron, tu seguías siendo el sacerdote nuevo, el padresito del pueblo, al que mi madre y todos los devotos iban escuchan en su boca la palabra de Dios y confesaban sus pecados y yo la pendeja del pueblo, la que era pura y casta; ¡blasfemia! La pureza y la castidad no existían en mí, hace tiempo ya que las había perdido, el instinto carnal desplazo todo sentimiento puro en mí. Dentro de mí se estaba procreando el fruto de esa tarde de lujuria y placer; dos meses y aún no me llegaba, mi preocupación no me dejaba vivir, no podía respirar, no podía coordinar mis palabras, acudí a ti. Arrodillada en el confesionario, te dije: “Aún no llega; me hice la prueba, estoy embarazada”.
            Tu respiración se detuvo, cerraste la ventanilla, caminaste hacía mí, me tomaste fuerte por un brazo, tan fuerte que me cortabas la circulación y me llevaste a la sacristía, con las manos y la voz temblorosa preguntaste:
            - ¿Estás segura?
            -Claro, Polo, ya son dos meses; la prueba no miente. ¿Qué vamos hacer?
            Callaste, caminaste para allá, para acá por la habitación llena de hostias sin consagrar, casullas, entre otras cosas, me miraste y dijiste “Vete, vete ya. Tengo que pensar”. A los dos días me llamaste, me dijiste que tenías la solución, que confiara en ti. Que tu me amabas, que ya lo habías entendido que tu vida no era servir a Dios, tu vida era servirme a mi; pero que era necesario comenzar desde cero. Yo lo hice, confié en ti maldito; míseros 17 años, qué sabía yo de la vida, nada.
            Esa mañana tenías que dar la misa de 10:00am. Por lo tanto, tenía que ir sola; ya me estaban esperando. Entré a la improvisada clínica, tomé asiento. Eran las 9:50am; pasaron 10 minutos, los 10 minutos más largos de mi vida, recordé tus palabras y volví a confiar. Escuché mi nombre “Auxiliadora Mendez, puede pasar”. Volteé, vi el reloj, marcaba las 10:00am la misa comenzaba con los cantos de entrada, yo caminaba con gotas frías bajando por mi frente hacía el quirófano; tu dabas el saludo inicial, yo me cambiaba la ropa; Tu rezabas junto con los devotos el acto penitencial, yo me acostaba temblorosa, con lágrimas en mis mejillas sobre la camilla; Tu cantabas el Gloría yo me dormía con la anestesia y unas pinza de metal entraba por mi vagina para extraer al fruto de la lujuria y el pecado carnal entre un hombre y una mujer; pasaron 25 minutos y mientras tu leías el Evangelio yo me desangraba en una cama; mientras tu comulgabas a todos los fieles, yo moría; mientras tu hacías el rito de despedida para lo feligreses, también te despedías de mi.

Bajo efecto


            30 de febrero de 2010, 10:45am, Alexandra despertó. Suspira y sólo recuerda ese pálpito, esa energía, esa excitación, ese sube y baja de emociones que sólo él le hace sentir; así es como mantiene el recuerdo de él en su mente; así  lo sigue amando como el primer día. Con sus ojos cristalizados, recuerda la última noche que lo vio, la última noche que hablaron, la última noche que lo besó.
            Seis meses juntos, seis meses de amor, seis meses de caricias  descontroladas, besos apasionados, besos mordidos, besos llorosos, besos de perdón; labios rojos e hinchados de tantos besos, seis meses en los que Alexandra fue de él, sólo de él; y él de ella, sólo de ella. Pero, la noche del 24 de enero de 2008 con el cielo vestido de luto la fantasía se acabó, toda la maravilla se terminó, con sólo unas palabras que brotan de la boca de Guillermo y forman en su corazón de mujer enamorada un espasmo que no la deja respirar.
            - Alex, tengo algo que decirte; sé que no me vas a creer y es difícil de aceptar,  hasta para mi lo es. No se en qué momento se me salió de las manos; pero no puedo engañarte más, me gusta otra, tú no la conoces pero me atrapó, ella me lleva hasta el cielo, me hace alucinar, me eleva a la plenitud. Soy adicto a ella, ya no puedo parar. Creo que es mejor que lo dejemos hasta aquí.
            Calosfríos, lágrimas, un viento huracanado lleno confusión y dolor en el pecho de Alexandra
            - ¿Ah?, Guillermo, ¿te gusta otra?... Pero, igual lo podemos intentar. Yo estoy aquí para ti, por ti, soy tuya. No me importa ella. Yo quiero estar contigo. Yo te amo, escucha bien ¡TE AMO! Y no es una palabra, no es un sentimiento, es algo que me atrapa a tus caricias, a tus besos, a tus ojos, a tus malcriadeces, a tus celos, que me hace estar unida a ti.
            -No, Alex, el problema es que yo no quiero estar contigo. Ella entre nosotros te hará sufrir, te hará llorar y primero muerto que haciéndote sufrir. Quiero que te vayas, que me dejes, que me olvides.
            Respiración pausada, mejillas húmedas con manantiales de lágrimas escapando del dolor, noche sin estrellas; Alexandra toma su bolso, se da media vuelta y se dispone a irse.
            -Alex, espera. Antes de irte quiero que sepas, que siempre serás mi novia soñada y pase lo que pase siempre te amaré, quiero que me recuerdes como fui, no como seré cuando esté con ella –con voz quebrantada, lágrimas en los ojos planta un beso en los labios de su amada.
            Corre el tiempo veloz, segundos, horas, días, semanas, años y Alexandra lo ve todos los días con ella; en el metro, en la plaza, en las fiestas, en todos lados. Pero, aún así lo sigue amando como el primer día, como el primer te amo, como el primer beso. No sabe si por masoquismo, enfermedad, inmadurez, obsesión o porque simplemente no lo tiene que olvidar  y seguir con la llama del amor y la pasión encendida; quizás aún espera sentada a que Guillermo vuelva, quizás aún espera que la deje, quizás  aún espera que vuelva a ser el de antes de que ella apareciera en sus vidas. Todos los días por la mañana Alexandra se pregunta: ¿Por qué sigo esperándolo? Y la respuesta es simple, porque sabe que él aún la ama. Se le nota en la mirada, cuando la saluda, cuando la ve al caminar. La ve igual como el primer día. Él no lo puede ocular.
            8 de marzo de 2010, Alexandra sentada en un banco del El Centro de Rehabilitación Tía Panchita, esperando a que Guillermo salga; en sus manos ropa, comida y chocolates para su amado. Es tan duro verlo, es un impacto fulminante hacía su alma. Con un beso todos los domingos sellan el compromiso de salvar su amor. En ese momento esta joven enamorada descifró que el amor no está en la voz, ni en el instinto carnal, ni en los besos apasionados.  Está en sentir que esa persona sin siquiera hablar, te dice todo, sin tocarte, te hace sentirlo. Y todo esto, sin ella,  sin los efectos de la Cocaína.