martes, 23 de noviembre de 2010

La gran cagada


            Aquello me causó una repugnancia infinita. Me dieron demasiadas náuseas, sentí el vomito subir por mi garganta, no quería ni tocarlo. No sabía por dónde comenzar a limpiarlo. ¿Será que lo metía a bañar? ¿O sólo lo limpiaba con las toallitas?; ¡Es que estaba embarrado por todos lados!
        
          Mi primer hijo, mi primera vez cuidando un niño, mi primera vez sólo solo con él. Yo soy algo tapao pa´eso de los trabajos domésticos; Pero, yo había visto a Adriana y pensé que esa vaina era fácil, pero verga, no me esperaba con esto. Antes de irse mi mujer viene y me dice: “Santiago, te dejé todo acomodado: los pañales, la crema para la pañalitis y las toallitas húmedas cerca de la televisión. La sopa está en la nevera lista para sólo calentarla. El bebé está bañado y vestido”  y yo me dije: “No joda, se armó un limpió, esta vaina es más fácil que pelar una mandarina”. Adriana se fue y yo me acosté a ver TV con mi chamo, le dí comida  y  todo fino.
      
            Pasó como una hora, algo así y el carajito ha empezado a llorar y llorar. Gateaba por toda la casa pegando unos gritos bestiales. Hasta que no aguanté más. Me agaché, lo cargué y sentí el mal olor; vengo y le digo: “Ay, papaíto, tu cómo que te cagaste”. Fui caminando hacía el cuarto, agarré las vainas pa limpiarlo, lo acosté en la cama, le bajé el monito y pego un grito: “Muchacho, ¿dónde tenías tanta mierda?”  Se le había rebosado el pañal, la vaina era pastosa, verde y el olor no se aguantaba.
            
            Cuando me dí cuenta, me había embarrado las manos. Entre el asco y la torpeza, agarré el paquete de toallitas lo abrí, tomé una y me limpié las manos. Enseguida, le quité cuidadosamente la ropa al bebé y a tiré al suelo. Desabroche el pañal, agarré cuatro o cinco toallitas  y comencé a limpiarlo tratando de no volverme a llenar las manos pero, ¡no joda, me llenaba más y más! La mierda era pastosa y caliente, el vomito me subía y me bajaba. Entonces, dejé la mariconeria y empecé por el ombligo  que estaba todo rebosado, bajé hasta las piernas y limpié los grandes muslos que tiene mi muchacho, cambié de toallita y limpié lo que le restaba de las piernas y la espalda, Cuando ya no tenía rastros, le pasé una última toallita por si acaso. Le eché crema, le puse el pañal y lo vestí con ropa limpia. Coño al fin había terminado aquella faena. Tomé una bolsa y metí toda aquella cochinada. Déjate de vainas, eso de cuidar a un bebé no es fácil, Adriana la próxima vez que se lo deje a su mamá. 

A los 40

Tu silbido anuncia que me traes los recados que me dejan mis enamorados. Pájaro de metal en buena hora haz llegado, en tus ojos se proyecta cada una de las letras, las palabras que me hacen vibrar, llorar, reír y soñar. Tu pico abre y cierra a mi gusto para dejar mis recados para aquellos caballeros que tienen mi corazón. ¡OH! Pero, que osadía cuando te quedas sin alas, me pones a parir el oro para volver a ponerte en vuelo y que sigas trayéndome la esperanza de que aún puedo sentirme amada.              

Vacía

Con sus ojos aguarapados y cristalizados, a punto de dejar salir cada diamante. Aquellos ojos que alguna vez reflejaban felicidad, hoy estaban bordeados por una sombra que no los dejaba brillar. Su cabello negro azabache roseado con la nieve que queda cuando el tiempo no pasa en vano y en su rostro las marcas de los latigazos que te da la vida. Caminó hacía mi, vestida de luto, me abrazo y dijo a mi oído: “las calles están desiertas, sin sol, sin lluvia, sin pasión; sin él todo me falta”.