Me equivoque contigo, creí en tus mentiras, malditas palabras. ¿Qué tu eres un hombre de Dios? ¡Maldito! ¡Qué hombre de Dios nada! Cuando vuelva a tener la oportunidad jamás creeré en un sacerdote, jamás confesaré mis pecados ante alguien que puede tener encima hasta un muerto.
Si lo sé, yo empecé; con los juegos de miradas, con los roces de manos; pero tú continuaste, tú viniste a mi llamado, sediento de carne, de sexo, de lujuria, de pecado. Con la puesta del sol me hiciste tuya, me penetraste, llegamos al éxtasis, la excitación lleno nuestro cuerpo hasta que dejaste dentro de mi, tu néctar de la vida.
Dos semanas pasaron, tu seguías siendo el sacerdote nuevo, el padresito del pueblo, al que mi madre y todos los devotos iban escuchan en su boca la palabra de Dios y confesaban sus pecados y yo la pendeja del pueblo, la que era pura y casta; ¡blasfemia! La pureza y la castidad no existían en mí, hace tiempo ya que las había perdido, el instinto carnal desplazo todo sentimiento puro en mí. Dentro de mí se estaba procreando el fruto de esa tarde de lujuria y placer; dos meses y aún no me llegaba, mi preocupación no me dejaba vivir, no podía respirar, no podía coordinar mis palabras, acudí a ti. Arrodillada en el confesionario, te dije: “Aún no llega; me hice la prueba, estoy embarazada”.
Tu respiración se detuvo, cerraste la ventanilla, caminaste hacía mí, me tomaste fuerte por un brazo, tan fuerte que me cortabas la circulación y me llevaste a la sacristía, con las manos y la voz temblorosa preguntaste:
- ¿Estás segura?
-Claro, Polo, ya son dos meses; la prueba no miente. ¿Qué vamos hacer?
Callaste, caminaste para allá, para acá por la habitación llena de hostias sin consagrar, casullas, entre otras cosas, me miraste y dijiste “Vete, vete ya. Tengo que pensar”. A los dos días me llamaste, me dijiste que tenías la solución, que confiara en ti. Que tu me amabas, que ya lo habías entendido que tu vida no era servir a Dios, tu vida era servirme a mi; pero que era necesario comenzar desde cero. Yo lo hice, confié en ti maldito; míseros 17 años, qué sabía yo de la vida, nada.
Esa mañana tenías que dar la misa de 10:00am. Por lo tanto, tenía que ir sola; ya me estaban esperando. Entré a la improvisada clínica, tomé asiento. Eran las 9:50am; pasaron 10 minutos, los 10 minutos más largos de mi vida, recordé tus palabras y volví a confiar. Escuché mi nombre “Auxiliadora Mendez, puede pasar”. Volteé, vi el reloj, marcaba las 10:00am la misa comenzaba con los cantos de entrada, yo caminaba con gotas frías bajando por mi frente hacía el quirófano; tu dabas el saludo inicial, yo me cambiaba la ropa; Tu rezabas junto con los devotos el acto penitencial, yo me acostaba temblorosa, con lágrimas en mis mejillas sobre la camilla; Tu cantabas el Gloría yo me dormía con la anestesia y unas pinza de metal entraba por mi vagina para extraer al fruto de la lujuria y el pecado carnal entre un hombre y una mujer; pasaron 25 minutos y mientras tu leías el Evangelio yo me desangraba en una cama; mientras tu comulgabas a todos los fieles, yo moría; mientras tu hacías el rito de despedida para lo feligreses, también te despedías de mi.
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