Aquella tarde de verano.
En la que nos conocimos.
Fue tan perfecta que aún tengo el recuerdo.
El sol brillaba cuan lucero.
El agua reflejaba toda su viveza.
A lo lejos se escuchaba el ruido de la cuidad.
Sólo tú y yo y aquel esplendido día.
Sencillamente todo era perfecto.
No sé si eras un regalo, sólo sé que te sentía mío.
Transcurrió el día y sólo me mirabas y sonreías.
Yo sentí ganas de besarte, pero tu mirada reflejaba tanta ternura que decidí reprimirme.
Cayó la noche... Sin cruzar palabra.
No hacia falta, con tu mirada me hablabas.
Esa rosa... Ese clavel... Rozándome la piel.
El viento estremeciéndome.
Ese frío que te corre por la venas y te hace sentir una plenitud inigualable.
Comencé a sentir sueño, comenzaron a pesarme los parpados... Cerraba los ojos, los volvía abrir.. No quería dejar de observarte.
Tu imagen se iba haciendo cada vez más borrosa para mis ojos.
En ese momento... escuché tu voz, ¡Dios! eras la perfección.
Sólo pronunciaste una palabra: "DUERME"... Sentía tanta seguridad que lo hice.
Pensando en ti... Y en lo bien que la pasamos... Aquella tarde de verano.
Sin cruzar palabras, sin rosar los labios, sin tocarnos... Ya me había enamorado.
Descifré que el amor no está en la voz, ni en el instinto carnal, ni en los besos apasionados
Está en sentir que esa persona sin siquiera hablar te dice todo, sin tocarte te hace sentirlo
Dormí, a la mañana siguiente te habías marchado.
Enloquecí, pero al final comprendí que eras un sueño... Sólo eso.
Un sueño del cual nunca quiero despertar…
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